En la práctica de la psicoterapia, como en la vida misma, las personas nos comunicamos constantemente sin detenernos a pensar por qué lo hacemos de una determinada forma ni qué efecto tiene esa comunicación en quien recibe el mensaje.
Esto nos impide a menudo darnos cuenta de los roles que adquirimos y que se retroalimentan entre sí, generando comunicaciones cruzadas que suelen cronificarse y que a veces resultan perjudiciales para las relaciones, en especial para las más significativas: las que desarrollamos dentro de nuestra familia, con nuestra pareja y nuestros hijos.
En las líneas que siguen vamos a aprender un poco más sobre estos procesos de comunicación, poniendo el foco en el análisis transaccional desarrollado por Eric Berne y en sus implicaciones en las relaciones familiares.
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ToggleEl análisis transaccional y la teoría de los juegos
Desde la psicología humanista, Eric Berne desarrolló un sistema de psicoterapia al que llamó análisis transaccional y que tiene también numerosas influencias de la psicología dinámica y del psicoanálisis, el paradigma en el que Berne se formó inicialmente.
Los tres estados del yo
En su obra, Berne define tres estados del yo que se manifiestan en patrones de conducta específicos. La persona se sitúa en uno u otro de estos estados, y eso afecta a su forma de sentir, de pensar y de actuar; además, cada persona tiende a situarse predominantemente en uno de ellos. Estos estados son:
- Padre: la persona actúa, piensa y siente a partir de la interiorización que ha hecho de las figuras de autoridad relevantes de su infancia (padres, profesores, etc.).
- Adulto: la persona se basa en su propia experiencia y en las capacidades adquiridas a lo largo de la vida para modular su comportamiento.
- Niño: como hacía en su infancia, la persona actúa con cierta intensidad e inestabilidad emocional, se centra en lo inmediato y a veces se comporta de forma impulsiva.
Las transacciones y los juegos
En las transacciones o comunicaciones que establecen las personas, a menudo se observa que una está situada en un estado del yo y la otra le responde desde otro. Los estados pueden coincidir en el emisor y el receptor, o ser distintos y cruzarse, e incluso incluir mensajes ocultos, lo que dificulta la comunicación y la relación.
A estos roles se suma con frecuencia el peso de las apariencias en cómo nos mostramos: sostener una imagen ante los demás obliga a callar lo que de verdad se piensa y enreda todavía más la comunicación dentro de la familia.
Las aplicaciones del análisis transaccional han sido muy numerosas a lo largo de los años, sobre todo en el ámbito humanista, laboral y de autoayuda. Su uso en psicoterapia, e incluso en educación, es muy amplio, ya que permite categorizar las relaciones y, a partir de ahí, promover cambios de conducta y de pensamiento.
Este sistema busca desarrollar en la persona una personalidad integradora, abandonando el guion que adquirimos en la infancia y que ya no nos resulta beneficioso en la vida adulta.
Al desarrollar la teoría de los juegos, Berne se centra en un tipo de transacciones que él denomina ulteriores repetitivas, que llevan implícito el desarrollo de rencores entre los participantes debido a mensajes ocultos en los que predominan los sentimientos de culpa, incompetencia, pena o miedo. Son este tipo de juegos y roles los que a menudo observamos en las familias con patrones de comunicación negativos, y de ellos hablaremos a continuación.
Juegos perjudiciales en la pareja
En psicoterapia es común observar relaciones desiguales entre los dos miembros de la pareja, que podrían englobarse en posiciones de Padre-Niño. Este tipo de transacciones genera mucho rencor en la relación y suele cronificarse hasta el punto de pasar totalmente desapercibido hasta que se inicia la terapia. En ciertos casos, estos roles se aceptaron como buenos al principio de la relación, pero, al no evolucionar, han acabado convirtiéndose en conflictivos.
Quien adopta el rol de Padre
Quien tiende a situarse en el rol de Padre suele sentir que necesita ocupar ese lugar para que la pareja y la convivencia funcionen (por ejemplo: “tengo que recordarle cómo debe bañar al bebé, porque si no lo superviso no sabrá hacerlo”). Esto le genera la sensación de tener mucha responsabilidad y rencor hacia su pareja por no hacerse cargo de algunas de esas cosas por sí misma. No obstante, a menudo también tiene una necesidad de fondo de mantener el control de las tareas y gestiones que no realiza el otro, sin cederlo.
Quien adopta el rol de Niño
En el extremo contrario está quien adopta el rol de Niño. Suele sentir rabia hacia el papel de Padre que ha asumido su pareja, porque siente que coarta su libertad y su autonomía. Percibe ese trato como injusto, pero a la vez se acomoda en el papel pasivo, pierde autoestima y siente que “no vale la pena intentarlo, porque al otro nunca le parecerá que lo hago lo bastante bien”.
Como se puede entender, esto suele convertirse en un círculo vicioso que deteriora profundamente la relación y del que, una vez cronificado, resulta difícil salir sin ayuda terapéutica. Revisar cómo se construye una relación de pareja sana ayuda a identificar qué se puede cambiar.
Hace años predominaba la posición del varón en el rol de Padre (Padre-Niño), pero se ha evolucionado hacia un panorama mucho más igualitario, y lo descrito puede presentarse en cualquier combinación. Hay que tener en cuenta, además, las diferencias culturales y las sociedades matriarcales, en las que la tendencia solía ser la contraria.
Hacia una relación de Adulto a Adulto
La terapia de pareja ayuda a corregir este patrón de interacción y a llegar a lo que se considera más adecuado en una relación positiva para ambos: una relación mayoritariamente de Adulto a Adulto, que facilite la negociación y la comunicación eficaz, y quizá en ocasiones de Niño a Niño en el plano afectivo, donde puede ser saludable cierto nivel de intensidad emocional.
Los roles negativos en la relación con los hijos
Aunque la familia tradicional se basaba de forma estricta en una comunicación Padre-Niño fundada en la autoridad, en consulta no es raro encontrar modelos de familia muy distintos. En los casos extremos, el menor termina comportándose de forma autoritaria y despótica con sus padres y se instala en el rol de Padre tirano, algo que se agrava en la adolescencia.
Detrás de esto puede estar la falta de límites adecuados, y la situación se complica cuando los padres, por miedo, acaban adoptando el rol emocional e inestable del Niño y sienten que la situación se les escapa de las manos.
Por otro lado, cada vez es más frecuente que muchos padres quieran ser amigos de sus hijos (Niño-Niño) en lugar de las figuras parentales que estos necesitan para desarrollarse correctamente y construir una personalidad y una autoestima sanas. Frente a eso, educar con afecto y con normas claras ofrece a los hijos la referencia que necesitan.
Cómo ayuda la psicoterapia
Igual que ocurre con la relación entre los progenitores cuando se ha deteriorado, la terapia de familia puede ayudar, en primer lugar, a tomar conciencia de estos patrones transaccionales erróneos y, en segundo lugar, a modificarlos. El objetivo es desarrollar patrones Padre-Niño más sanos e incorporar, de forma progresiva, interacciones Adulto-Adulto que permitan razonar las normas y negociar (sobre todo con la llegada de la adolescencia), para que el niño llegue a ser un adulto sano con una personalidad integrada.
Bibliografía y material de consulta
- Berne, E. (1964). Juegos en que participamos. México: Diana.
- www.ericberne.com/transactional-analysis
- feadulta.com/anterior/RH-08-analisis-transaccional.htm
- www.instatpi.com


